dissabte, 7 de novembre del 2020

Necesito que frenes...

Me da miedo pensar y sentir que la gente avanza a pasos agigantados cuando yo todavía estoy aprendiendo a poner las marchas. Y todavía me da más miedo cuando miro a mi alrededor y aquellos que quiero que se queden, están cinco pasos por delante y ni siquiera les alcanzo. 

La primera vez que supe que la gente se iba de la vida de cualquiera, lloré. 

Lloré y me detuve. Como si quedarme ahí parada fuera a traerme de vuelta a esa persona. Y su falta me aniquiló. 

A partir de ahí tuve que volver a aprender a andar, cómo si hubiese perdido la noción de la vida y de cómo hay que vivirla. Cómo si acabase de caerme de la bicicleta y le cogiera un tremendo pavor a volver a subirme en ella y, a volver a intentarlo. Cómo si ya fuese consciente del daño de la caída y de lo que se siente después.

Pero aprendí de nuevo de que en eso se basaba la vida. En volver a intentarlo una y otra vez.

La segunda vez que sentí que alguien se me esfumaba entre los dedos, también lloré. Lloré de rabia por sentirme incapaz de alcanzarle, por sentir que podría haber luchado más, hecho más para que las cosas fuesen como necesitábamos. Aunque tiempo después entendí que nunca le pregunté qué era lo que él necesitaba. Y su manera de marcharse me dolió un poco menos.

Así que ahí me prometí que disfrutaría de cada paso, de cada instante, como si algo fuese a arrebatármelo. Y aunque seguí sintiendo que la gente avanzaba más que yo también comprendí que, pasara lo que pasara, habíamos tenido la suerte de encontrarnos y vivirnos. Y que dejarlos marchar era otra forma de aprender. Aunque a veces doliera.

La tercera vez que empecé a ver como mi camino se separaba del resto, tuve miedo. Y dudé. Pero seguí caminando porque estaba sintiendo que era lo que más feliz me hacía. Y me alegré de haberles vivido como si se hubiesen ido antes de ayer, aunque solo hiciera cinco minutos que habíamos cambiado de dirección. 

Me da miedo pensar y sentir que la gente avanza a pasos agigantados cuando yo todavía estoy aprendiendo a poner las marchas pero el tiempo me ha enseñado que, pase lo que pase, siempre estaremos hechos de todas aquellas personas que conocemos a lo largo de nuestra vida y, para bien o para mal, eso significa que también seguirán siendo en nosotros aunque ya no estén. Y fue justo ahí cuando me prometí que el después de cualquier persona lo viviría por él, o por ella. Me prometí volver a ese bar a tomarme esa cerveza, me prometí pasear por las calles que un día nos vieron, me prometí trasnochar en una habitación parecida a la tuya pero sin tu olor, me prometí cantarte al oído aunque descubriera al hacerlo que no eras tú. Me prometí, que no importaba cuando os fuerais, ni donde estuvierais, que mi vida sería un tributo a vosotros y a la forma en que me enseñasteis que cada paso cuenta. Sin importar si te sacan ventaja. Sin importar cuándo llegues, ni cómo llegues. Sino viviéndolo a tu manera. Y a tu ritmo. Porque eso es lo único que cuenta. 

Y cuando vivas de esa forma, sólo entonces aprenderás que no importa si no les alcanzas ni la ventaja que te saquen porque justo donde estás, hay quién todavía se queda. 


-Ann.

dijous, 15 d’octubre del 2020

Las personas tienen un pase temporal de quererte

A veces tengo la sensación de que me he quedado a medio camino de algo, creo que de entre aquello que pudo ser y no fue. 

La mayoría de las veces que miro a mi alrededor siento como si estuviera justo debajo del marco de una puerta y fuese incapaz de cruzarla porque siento que lo que tengo detrás me arrastra a quedarme y, al mismo tiempo, el miedo que veo al frente me impide lanzarme al no saber que pasará. Es como si el cruzar esa puerta significase dejar atrás una parte de mí que te recuerda como única forma de tenerte. 

Mi vida es un constante quiero y no puedo. Pero no puedo porque poder significa dejar atrás una versión de mí de la que solo queda una sombra que echo de menos. Poder significaría aceptar que las personas que llegan a tu vida tienen un pase temporal de quererte. Poder lo entiendo como dejar atrás recuerdos, heridas y sueños que ahora, justo en este momento, no pueden venir contigo. Y eso, a veces, da miedo. 

Cuando te sientes a salvo, entre tus propios brazos, te da miedo salir de ellos porque otra vez se trata de lo mismo, de decir adiós. Eso nunca se acaba, ¿sabes? Decir adiós a alguien que fuiste, decir adiós a momentos que te han hecho precisamente ser como eres ahora, decir adiós a personas, a emociones que justamente solo vienen de la mano de esas que ya se han ido. Y entonces, la pregunta a todo esto es, ¿porqué todavía te quedas? 

A veces lo único que te retiene justo ahí debajo -de ese marco de la puerta- es todo aquello que ya no vuelve pero que todavía vive en ti y no dejarás ir. Y aunque huyas, vendrá contigo. Entonces, cuando aprendes eso sabes que ya solo te queda una cosa en la vida: cruzar esa puerta echando una última mirada a aquello que sentiste como algo feliz y cerrar la puerta esperando a todo eso que vendrá. Y puede que al hacerlo todo aquello que quieras ya no lo tengas pero, siento que ahora mismo tú tampoco te tienes así que, ¿Qué más da lo que pase? La vida se basa en eso, en intentos -sea en lo que sea- y ahora solo se trata de volver a encontrarte, y hablo de ti contigo y de ti, con quién sea, pero al fin y al cabo, encontrarte y hacerle frente a todo aquello que vendrá. 

-Ann.



dissabte, 10 d’octubre del 2020

No tendría nada por lo que seguir escribiendo.

El otro día busqué si me habías contestado a un mensaje que te envié hace años y descubrí que en realidad nunca llegué a enviártelo. Y lloré. Lloré porque mi mente no paró de pensar en qué habría pasado si realmente lo hubiera hecho, pero nunca vamos a saberlo. Quiero imaginar, como dice Andrés Suárez, "imagínanos", que quizás tú habrías perdido todos tus miedos y me habrías abrazado por fin. Puede que las ganas se hubieran multiplicado por mil y ni siquiera supiéramos el verdadero significado de echar de menos. Habría dedicado todo mi tiempo del mundo a saber de memoria cada centímetro de tu piel y te habría escuchado hasta las tres de la mañana para compensar todas aquellas veces que no pude y quise. Habríamos empezado a odiar las despedidas y a saborear cada pequeño instante en el que nos tenemos. Te habría cogido de la mano, a ti y a tus miedos, y daríamos los pasos necesarios para dejarlos atrás. Te habría dicho que te quiero mirándote a los ojos para saber a ciencia cierta que tú existes, que estás y que me quieres. Porque has sido la única persona que me ha querido bien y con todo. Contigo nunca tuve miedos y, después de ti, el amor ha vuelto a llamar pero nunca ha venido solo. Siempre ha sido con todos aquellos miedos que contigo ni llegué a conocer. Y nunca me enseñaste qué se hace con ellos. 

Si te hubiese enviado ese mensaje quizás ahora me giraría y te encontraría a ti escribiéndome y haciendo que me sintiera única para ti. Quizás ni siquiera yo misma habría comprobado que soy de las que olvida lento pero de las que te quiere sin que te des cuenta. Incluso no tendría que enseñarte cómo ha cambiado mi vida desde que no estás porque habrías podido vivir como he ido creciendo. Pero, joder, no llegué a enviarte ese mensaje así que desde que te fuiste fue como si hubiese dado un salto al vacío, como si acabaras de soltar mi mano, como si al girarme en la cama nunca hubieses estado en ella, como si nunca respondieras a esa llamada, como si nunca nadie hubiese escrito para mí, como si no hubiese habido nunca un primer mensaje. 

Fuiste casi todo para después convertirte en la nada más absoluta, asfixiante y vacía que he sentido en mi pecho. Porque si te hubiese enviado el mensaje, quizás... no sé. Estarías aquí, y me sentiría a salvo. Pero me giro y no estás. Y con el tiempo he descubierto que, si realmente te hubiera enviado ese mensaje, hoy yo ya no tendría nada por lo que seguir escribiendo. 

-Ann.

divendres, 28 d’agost del 2020

He vuelto a bailar canciones que eras tuyas.

Lo que vino después de ti ni siquiera sé si se le puede llegar a llamar vida. Y lo peor de todo no es eso, lo peor es que no tengo a nadie a quién poder culpar de que no estés. Podría empezar por mí y decir que la cagué una y mil veces y, probablemente, podría seguir por ti y por tu maldita ausencia en los momentos que de verdad necesitaba que estuvieras. Después de ti las canciones han pasado a ser como balas a nada de tocarme, como cristales rotos bajo mis pies, como el mayor dolor que pudieras imaginarte recordándome a cada paso que doy que ya no estás. Después de ti las ganas se me han quedado en la punta de mis dedos y se siguen muriendo por poder llegar a tocar lo que un día sentí como mío. Y es que nunca he sido de esas personas a las que les ha gustado sentir a personas como suyas, ni tampoco como hogar, pero a veces aparece alguien que rompe con todo lo que creías y te sientes más a salvo de lo que nunca habías logrado. Después de ti, el calendario ha desdibujado los planes que habíamos hecho solo para que yo no los viera pasar. 

Después de ti, entendí lo de que hay cosas que solo pasan una vez en la vida y que, a veces, hay que subirse a ese tren aún sin saber en qué dirección te llevará. Entendí también que no sólo puedes cuidar a alguien cuando estás viendo que casi le pierdes sino que tienes que estar ahí, aun teniendo por seguro que voy a quedarme. 

Podría decirte un millar de cosas buenas que trajiste contigo y que formaron parte de un nosotros en el que yo sí creí pero, al mismo tiempo, nunca te dije todo aquello malo que floreció cuando estabas. Nunca antes había sentido mis miedos tan de cerca: miedo a no ser suficiente, miedo a que no me quisieras de la forma que necesitaba, miedo a que no sintieras que este era tu sitio. Y nunca se fueron. Se quedaban con más fuerza a cada pequeño paso que dábamos. Con el tiempo incluso sentí que aún abriéndome en canal contigo, aún diciéndote de mil maneras que te quería, siempre encontrabas la forma de hacerme sentir pequeñita. Como si de verdad no fuera suficiente. 

Te cuidé más que a mí misma solo porque ni siquiera podía imaginarme lo que era un vida después de ti. Y mientras lo hacía empecé a dejar cosas que formaban parte de mí, como si ser como yo era no bastase para que alguien como tú me quisiera. Batallé más contra tus propios miedos que contra lo que yo podía sentir. Fue como si al llegar tú llenaras un vacío que no sabía que estaba y que, con el paso de los días, tú -sin ni siquiera darme cuenta- habías hecho una pequeña fuga por la que se perdía todo lo que yo era. Y no me importó, porque prefería tenerte. 

Lo que vino después de ti ni siquiera sé si se le puede llegar a llamar vida pero tampoco podía llamarle así cuando aún estabas. Te eché de menos, ¿quién no lo haría? Deseé con todas mis fuerzas que las cosas fueran distintas e incluso pensé en que todo habría sido diferente si yo hubiese sido de otra forma, más lo que tú necesitabas. Sí, así fui. Pero después de unas cuantas canciones y después de llorarte un poco, recordé que una vez alguien me dijo que me merecía que me quisieran con todo. Nada de querer a medias ni mal. Y entonces entendí el porqué me había ido: ni yo era lo que tú esperabas ni tú eras lo que yo buscaba y, cuando realmente entiendes eso, sabes que ha llegado el momento de irse. Y no pasa nada por llorar ni por sentir dolor, está bien. Porque cuando menos te lo esperes, volverás a escuchar canciones que serán eso, solo canciones que ya no te recuerdan a nadie y, cuando suenen, las volverás a bailar sola, porque te prometo que no necesitarás a nadie para hacerlo. 


-Ann.



divendres, 24 de juliol del 2020

Ya no queda ni rastro de ti.

Te escribo en medio de todo este caos que siento dentro, entre ese sin sentido de lo que es la vida sin ti. Todo era diferente cuando estabas, y ahora que no estás, también lo es. Aun sigo intentando descubrir si eso es bueno. 

Me vienen a la mente todos aquellos planes que queríamos hacer, esos que ni siquiera nos planteábamos que tenían su propia fecha de caducidad, y casi ni siquiera soy capaz de verlos de lo lejanos que ya han quedado, no por haberlos vivido, sino por haberlos perdido como quien chasquea sus dedos en una sola milésima de segundo. El pasado me trae a flote todas aquellas letras que llegué a escribirte y no soy capaz de encontrar el primer te quiero que te dije, creo que ya solo lo recuerda el lado izquierdo de mi cama, justo el sitio donde tantas veces te sentí como mía. Porque yo ya no. Es como si estuviera en una pesadilla de la que todavía no estoy segura de si ya he despertado. 

En el fondo, mi corazón tiene la sensación de que tenemos un millón de recuerdos en nuestras manos y en las mías ya solo me queda el rastro de las ganas que me diste y los destrozos de las ilusiones que me dejaste. A veces me da por pensar que si las estiro un poco, casi puedo tocarte y encontrarte, pero como siempre, es solo un sueño desdibujado en el que creo que todavía sigues aquí, siendo un poco mía. Porque a veces pasa, te sientes parte de alguien, como si ya le conocieras y le pertenecieras des del primer segundo en el que te mira y sientes que durante un segundo todo se detiene. Pero, muy en el fondo, sabes que no lo hace. 

Han pasado días y a veces aun me cuesta respirar, se me viene todo encima y recuerdo la de veces que decías que más no podías quererme, pero mejor, estoy segura de que sí. Podrías haber estado en esos momentos en los que más pequeñita me sentía, podías haber acallado mis miedos más profundos cuando yo no paraba de matar a los tuyos solo para que no te separasen de mí. Sentí, contigo, que por primera vez en mucho tiempo volvía a saber el verdadero significado de querer pero, al mismo tiempo, volví a descubrir que -aunque pasen los años- nunca nadie me va a hacer sentir de la forma que hace tiempo alguien logró. Casi lo consigues, joder, pero te quedaste a medio camino de saber quererme bien. Y por eso me fui. Así que aquí tienes mi respuesta a tu por qué, no es por ti: es por mí, porque al final no sentía tanto y entre todo ese desorden y desastre que creamos, entre tanto perdón y miedo, acabé descubriendo que lo que había sentido como hogar, estaba siendo mi propia cárcel. 

Solo espero que mientras yo vuelvo a recuperar partes de mí que sentía que debía dejar atrás por ti, puedas ser feliz de la manera que sea porque realmente te lo mereces. Quizás yo tampoco supe quererte bien, quizás el desastre del que tanto temías tan solo era yo y no tú. Este es mi adiós, esos de los que casi siempre huyo pero que hoy me aferro a él como una forma de cerrar este capítulo y poder dejarte atrás. Sé feliz y espero que te quieran y se queden, pero contigo, la de verdad. Y tendrán mucha suerte, quizás algo que yo no supe apreciar. 

Nunca lo sabremos y... nada, solo, adiós y, que aunque me vaya, te quiero. 

-Ann.




diumenge, 21 de juny del 2020

Me sentía más mía que nunca.

Hoy he vuelto a rozar con los dedos algunas de las palabras que dejaste en mí hace años. Mientras lo hacía, he vuelto a reírte y, quizás un poco, llorarte. Creo que en cierta forma mi cabeza había borrado de mi memoria la mitad de cosas que hicieron sentirme especial y, al mismo tiempo, mi corazón volvía a sentirse a salvo en ellas mientras las leía. 

Me recuerdo en ellas y te veo conmigo, haciendo que todo se resuma en hogar y en ti. He sentido que casi podía tocarte, verte y quererte solo un poquito más, si me dejas. Te he encontrado mirándome de reojo como si no fueras consciente de que puedo verte y, me he acordado de la cantidad de veces que llegué a llamarte solo para decirte que te quería. 

No sé si tú lo recuerdas pero, hubo una vez que me dijiste que nunca en la vida te habían dicho te quiero con el corazón en mano y el pecho abierto como había logrado yo contigo. Te lo dije en formato susurro y con risa de por medio y, aún así, no superaba nunca tu forma de hacerlo. Te callabas como si fueras a decir lo más importante en toda tu vida, escuchaba o notaba -no lo sé- tu forma de sonreír y segundos después me decías que me querías.
Y me sentía tonta.
Y me sentía tuya.
Y me sentía más mía que nunca, encontrándome gracias a ti y siendo contigo todo lo que quería y lo que había deseado ser siempre.

Y sí, por tonta nos he vuelto a leer y, eso me recuerda todo aquello que siempre han dicho por ahí, lo de "lo mejor llega cuando dejas de buscar". Y estoy segura de que con ello me hablaban de ti y de tu forma de llegar a la vida de alguien creando magia. Y cuando alguien llega, sabes que hay dos opciones: aquella en la que se queda y, aquella en la que casi ni descubres como se va. Porque a veces se nos olvida aquello de "nunca sabes cuando será la última vez de alguien contigo" y es que, recuerdo el momento exacto y, el último, en el que me hiciste llorar y, no te lo creerás pero soy incapaz de recordar el último momento que me hiciste reír, ni tampoco aquel en el que me dijiste, una vez más, que me querías. Y es que, hoy nos vuelvo a leer, a nuestra historia y lo que fue y, suenan aquellas canciones de fondo tan tuyas, y solo sé que vuelvo a echarte de menos a ti y a tu manía de no estar aquí. Porque al final las ausencias nos recuerdan que antes de su paso, ahí había algo lo suficientemente grande, especial y bonito como para que no lo olvides en toda tu vida. 

-Ann.

dijous, 11 de juny del 2020

Eres Diciembre en mi pecho.

Te he imaginado más veces de las que me gustaría y me he visto a mí, acariciándote la espalda mientras el sol entra de lleno por la ventana y te alumbra como si no tuvieras suficiente luz propia. Recuerdo que en una de esas, te miré a los ojos y vi en ellos la cantidad de vida que podríamos haber tenido. Y me dio miedo la fuerza con la que venías porque podía ser exactamente la misma, o quizás peor, con la que te irías. Siempre tuve ese miedo, que fuera demasiado bueno para ser verdad y sentir que, otra vez y -como siempre- yo no era capaz de estar a la altura. 

¿Sabes que me diste muy poco tiempo para acostumbrarme a la idea de no encontrarte? Era tan natural saber que estabas ahí. Porque eras y eso, en mi vida, ya es mucho. Y me enamoré de la idea de encontrarme en ti, me enamoré de tu risa -a pura carcajada-, de tu mar azul cuando me mirabas y de tu forma de decirme que era yo, que por fin, después de tanto, era yo. Ese gran yo que todos buscamos. Empezaste a ser hogar y tempestad. Calma y miedo. Ganas y un poco más de miedo. El miedo siempre fue porque, después de tanto recordé lo bonito que era sentir de nuevo esa forma que tenías de mirarme y, la parte del miedo, viene cuando dejas de hacerlo. 

Porque ibas a hacerlo y muy en el fondo, se sabía que este desastre iba a llevarnos a otro desastre peor. Y pasó lo que tenía que pasar. Llegó el invierno antes de tiempo y sabes que me gusta el frío pero no el de ausencia. Aquí, en pleno mes de diciembre en mi pecho, creía que lo de echarte de menos sería lo más difícil pero, por primera vez, estoy aprendiendo a convivir con la soledad y no buscarte y, aunque estaría de puta madre en esa cama encontrando la forma de acariciarte la espalda hasta borrarte del mapa, probablemente y a la larga, es mejor que me siga dando la vuelta en esa cama que tiene el hueco vacío e imaginarme lo bonito que sería que todo hubiese salido bien, mientras sigo olvidándote un poco más que ayer. 

Y mañana, ya se verá. 

-Ann.