dissabte, 4 de novembre del 2017

He estado buscándome y, que suerte, he dado conmigo.

Ha vuelto a irse y, duele.
He vuelto a perderme, y no me importa.

Parece que me encuentro en un callejón sin salida del que todo aquel que entra, sale. Menos yo. 
Parezco una estación de tren en la que constantemente llegan trenes, se quedan un par de segundos y vuelven a irse sin mirar atrás, sabiendo que quizás en algún momento vuelvan a estar ahí. Otro par de segundos sin importar aquello que se queda. 
Parezco un aeropuerto, en constantes despedidas. Lágrimas, abrazos, ausencias y frío, mucho frío. Algunos se van para no volver. Otros quizás lo harán pero tarde o temprano deberán partir. 

A veces me siento como una persona de paso, como el salvavidas que impide que te hundas, como el paño de lágrimas que una vez que seca, ya no importa. Parezco una parada en la vida de las personas donde depositar momentos infelices mientras me paso media vida deseando encontrar momentos, instantes de pura alegría y éxtasis sentimental, o felicidad. Llámalo como quieras. Parezco el anclaje de la vida de muchas personas que cuando están bien, yo ya no estoy. Ni para ellos ni para mí. El problema seguramente será mío, me paso los días intentando arreglar la vida de los demás creyendo que en algún momento ellos solucionarán la mía. Pero al final del día solo estoy yo. Soy lo único que me queda. Y a veces solo quiero aferrarme a la idea de que la gente me devolverá lo mismo que yo doy pero esperas y solo recibes eso. Espera.

Esperas hasta que vuelven a necesitarte de nuevo. Y estás. Bien o no pero estás.

Del mismo modo que en ese instante no importa como estés. Nunca lo hará. Y eso también duele. Ves como la gente se marcha después de dar parte de tu vida por ella y aun así crees que es por ti, por haberlo hecho mal. Por no dar ni ser lo suficientemente buena. 

Y no sé por qué te preocupas, volverán cuando sientan que no pueden. Cuando necesiten un hombro, un abrazo, un "todo irá bien". 

Pero aún así cuando eso sucede, cuando alguien se va. Duele. Pero, ¿sabéis qué? Yo he vuelto a perderme y hoy sí que me importa.

Me importa el ser yo para mí, el estar para mí. El ser mi propio salvavidas aunque a veces sea la misma que me hunde. Me importa más tenerme que no tenerte, aunque eso también me duela. Todo son heridas que con el tiempo te recordarán donde estuviste y dónde no quieres volver a estar.

Y lo siento pero hoy estoy segura de que no quiero tenerte más aquí, no quiero sentir que me necesitas cuando el mundo se te cae encima y olvidarme cuando sientes que no te hace falta más para ser feliz. No quiero tenerte así porque eso, eso no es tenerte ni es nada. Y aunque duela, da igual. Haré que no me importe, haré que con los días vaya a menos porque, déjame decirte algo, al irme de todo esto no soy yo la que acaba perdiendo, te lo aseguro. Así que basta de ser estaciones de tren, pausas para la vida de alguien, aeropuertos o cualquier otra mierda porque ésta vez soy yo la que coge ese avión para vivir el viaje de su vida. Esta vez soy yo la que se va y no va a volver. Y el destino: encontrarme. Y mientras eso pasa espero que, cuando te des cuenta de las cosas, quieras venir a decirme adiós y yo ya esté muy lejos de ahí, muy lejos de ti. Y lo haré sin mirar atrás, te lo aseguro.



Volví a perderte, y ya no me importa.
He estado buscándome y, que suerte, he dado conmigo.

dimecres, 19 d’abril del 2017

Frío de ausencia.

Llega el calor y tengo frío
de ausencia,
de ti.

Y tiemblo,
no por el frío sino
por las lágrimas que me sacuden
al sentir que
no
estás
aquí.

Es jodido, ¿verdad? Ves como pasan las horas y sientes que el mundo es capaz de seguir aunque a ti te hayan roto el corazón. Yo hace mucho que me di cuenta de que la vida nunca se va a detener por ti, no habrá pausas, ni vueltas atrás, ni podrás repetir aquello que en su día te hizo feliz. La vida pasa y las personas también lo hacen. Solo necesitas una milésima de segundo, tan imperceptible, y ya nada vuelve a ser lo que era. Por mucho que lo intentes, no te engañes, hazlo por ti.

Lo que suele pasar es que a veces llega un momento en tu vida en el que debes elegir entre aquello que te hace feliz y entre lo que crees que es mejor para ti y no, no siempre es lo mismo. No intentes pensar lo contrario, no llegarás a nada. ¿Nunca os habéis encontrado en un momento de vuestra vida en el que debéis decidir ser infelices con la ausencia de alguien solo porque los recuerdos que os quedan no os van a devolver a la persona que tú sabes que necesitas y ya no está? Es difícil.

Ojalá, ojalá no tuviéramos que hacerlo,
ojalá no nos viéramos obligados a irnos,
a partir
a dejar
de
existir.

¿Nunca os habéis parado a pensar la cantidad de "nosotros" que se habrán perdido por el camino? O la cantidad de veces que no se habrá cuidado a alguien justo cuando lo teníamos ahí, creyendo que nunca se iría. Pero...¿lo ves junto a ti? Solo hay ganas y ausencia. Dicen, o al menos lo he escuchado por ahí, que irá a menos. Y que los recuerdos se reducirán a polvo que se podrá soplar de la misma forma que las llamas acaban siendo ceniza, como aquel cigarro que se consume y como aquel río que al fin muere. Supongo que todo acaba, es cosa de la vida. Y del tiempo.  Porque me he dado cuenta de que, al fin y al cabo, no importa la cantidad de ganas que le pongas a algo ya que habrá veces que será como darse una hostia contra un muro de hormigón. Una y otra vez, y otra, y otra. Contra más te la das parece que menos duele, quizás porque ya te has acostumbrado al golpe o porque siempre sabes que, por mucho que tarde, acabarás en el mismo sitio en el que empezaste.

Sola y destrozada.

Y con el mismo discurso detrás, siempre.

"Siento que no te merezco y,
deberías encontrar a alguien mejor
Quererte y..."

Joder.

Cómo se supone que debo sentirme cuando día a día intento quererme y aparece alguien que hace que me olvide hasta de mí. ¿Cómo? Siempre intento ser suficiente, darlo todo de mí para luego recibir siempre un "mereces a alguien mejor" Mejor que qué. ¿Para quién? Estoy cansada de que la gente decida por mí lo que merezco y lo que no, lo que me debe de hacer feliz o lo que debo hacer con mi vida. Me he cansado de dejar los miedos e inseguridades atrás porque cada vez que lo he hecho, cada vez que mis ganas de intentarlo eran superiores a mis miedos, he acabado perdiendo.

Y ésta, ésta vez no es de esas veces en las que también se gana. Se pierden las ganas de todo. Literalmente.

Te sientes vacía,
fría,
perdida.

Es una de esas veces en las que dudas poder volver a encontrarte.
En las que te miras y no te reconoces.
En las que te preguntas qué coño hacías con tu vida antes de esa persona. Y no, no lo recuerdas. Nunca.

Y al final sabes una sola cosa, quizás no sabrás cuando dejará de doler -si es que lo hace-, ni cuanto tiempo necesitarás para volver a ser la que eras -si recuerdas quién eras antes de romperte de nuevo-, tampoco sabes si serás capaz de arriesgarte en la vida por miedo a que acabes sintiéndote de nuevo así. Y lo único que sabes es que te has dado cuenta de que, antes de aquella persona, solo sobrevivías. Que al fin y al cabo lo que ocurre, ¿sabéis que es? Que acabamos sintiendo que aquella persona que te da la vida, si se va, te la quita.

-Ann.

dijous, 5 de gener del 2017

Dejadme viviros.

Siempre me he imaginado a las personas como puertas entre abiertas que tienes en tu vida. Puedes tener miles de ellas aunque soy de las que piensa que es mejor tener un par y no tener muchas en las que elegir y no saber por cuál entrar. Estoy segura que habréis oído por ahí e incluso muchas veces de mí, que hay personas que son casa. Que hay momentos que son hogar y desearías poder volver siempre. Pues eso mismo me pasa con las personas. Con esas puertas entre abiertas. Mi vida se basa en encontrarme en un constante "¿debería volver a entrar?" o "¿quedará algo detrás de esa puerta entre abierta?".

Siempre he sentido que no paran de cerrarse puertas en mi vida, como si aquí no hubiese nada bueno para mantenerla abierta. ¿Nunca os ha pasado eso de querer seguir dando por alguien que no está? Pero echas la vista hacia detrás o, hacia delante, a esa puerta que hace años cerró de un portazo y nunca más ha vuelto a abrirse. Así me siento con las personas. Las que se quedan la dejan entre abierta porque necesitan volver, porque encuentran que hay pequeñas cosas al otro lado, en mí, por las que vale la pena cruzar las barreras que haya. Otras puertas, se abrieron de vez en cuando sólo porque lo de echar de menos nunca ha sido mi punto fuerte y quién volvía era mi punto débil. Dejas volver a entrar a alguien solo porque crees en la idea de necesitarle y porque piensas que, aunque todo haya cambiado, hay cosas que pueden volver. Pero lo único que pasa es que añoras la idea de que esa persona vuelva a ser casa y lo único que ves son ruinas que vienen a destrozarte. Y te prometes que no volverá a pasar. Te prometes que harás que esa persona cruce de nuevo la puerta y no vuelva a arrasar con todo a su paso al volver. Y cuando se cierra, sabiendo que es lo que debes hacer, solo escuchas un portazo que duele todavía más que el anterior porque sabes que, ésta vez, no hay excusas que valgan. Y por último están esas otras puertas que hace años, también se cerraron por gente que sabes que -aunque quieras- no volverán. De esas que cuando se cierran solo piensas: "se irá del todo cuando le dejes de recordar" pero son ese tipo de personas que se van sin quererlo. Y joder, a esas también las echas de menos y lo haces toda tu puta vida.

Pero la putada de todo esto está en que la vida seguirá pasando y te verás rodeada de puertas entre abiertas y tú, cómo no, solo serás capaz de ver las que están cerradas queriendo volver a ellas. Y querrás volver por echarlas de menos, y pasarán noches y te encontrarás frente a ellas preguntándote que habrá sido de esa persona que era el lugar en el que encontrarte. Y seguirán pasando los días y en vez de dar por cerrados los recuerdos que en un momento te pertenecieron, te quedarás ahí -como una estúpida- sin ser capaz de seguir la vida que te toca sólo porque cuando encuentras a alguien, pero a alguien de verdad, no eres capaz de decir adiós. Al menos nunca del todo.

Y no te engañes, la de veces que habrás abierto esa puerta solo para echarle un vistazo y ver cuán feliz está esa persona para después cerrarla, apoyarte en ella y preguntarte si algún día serás capaz de no querer volver a esas personas que eran casa. Si serás capaz de ser tú misma tu propio hogar. Yo, ahora mismo, sé que no soy mi propio hogar pero es que hay personas en las que me quedaría a vivir, aunque muchas de ellas ya no estén.

Y a veces, sobre todo aquellos que no están, me gustaría tenerlos enfrente, mirarles a los ojos y sólo...no sé, pedirles que me dejen vivirles... quiero vivirlos, al menos un poco más.

-Ann.


dijous, 13 d’octubre del 2016

Dejándome caer.

Ha vuelto a sentarse al lado de la ventana para ver cómo llueve. Y cada vez que hace eso es como si nada más pasara. Y es entonces cuando suena algo así como "bajo el aguacero, vuelve a aparecer y así pasa su tiempo, dejándose caer". Y ni ella misma se da cuenta de las veces que vuelve a caer. Y últimamente más que nunca. Pero cuando se sienta ahí, encima de esa mullida alfombra con las ganas de mojarse bajo la lluvia y resistiéndose a la tentación de salir y pillar una buena pulmonía, lucha con todas sus fuerzas para que la lluvia que hay ahí dentro, no sea ni tan fuerte como la que suena ahí fuera. Aunque, a decir verdad, el sonido de los truenos no es nada comparado con los gritos de auxilio que deja ir y casi nadie escucha. ¿Sabéis eso que dicen de que a veces parece que la gente te oye pero nadie te escucha? Últimamente ella está en esas pero no hay nada más que le relaje en esta vida que tener la música de fondo, sonando algo así como "escuché como decías, abrázame, todo vuelve a ser fácil" y la lluvia intentando superar a eso. Y lo bien que le vendría en estos momentos un buen abrazo, de esos que te hacen sentir a salvo... aún sabiendo que en estos momentos solo existen un par de personas que saben dar ese tipo de abrazos, así sin intentarlo. Y es entonces cuando suena el móvil, sin más. Está acostumbrándose a que lo haga. Un sonido tonto que sabe que va a llevarse una sonrisa de premio, siempre lo hace. Lo coge a tientas y no le hace falta ver quién es para saber que va a hacerla feliz. Y es en ese instante, solo ahí, en el que aquello de que alguien dijo de escuchar u oír, pierde el sentido. Es justo entonces cuando aparece una persona que compensa el error que tuvieron otros, y que se queda cuando algunos ni siquiera tuvieron el valor de intentarlo. Y ella nota que llueve un poco menos, aunque fuera truene. Y lo malo que había hasta ahora, sigue siendo igual de malo pero duele muchísimo menos. Encuentra las razones donde no las hay para sonreír de la forma en que a ella -y a alguna que a otra persona- le gusta. Lucha porque todo lo que intenta derrumbarla no quiebre lo poco que queda de ella. Y se mantiene a flote, o al menos la mantienen.

Y suena otro mensaje.
Y otro.
Y sabe que sonará otro más.
Y siempre acabará llegando otro.

Y lo que pasa, muy en el fondo, es que tiene miedo de que dejen de llegar. Y que sea entonces cuando ella se deje caer, sin más, sin encontrar más razones que valgan la pena porque ahora mismo, ni ella, para ella lo es. Aunque siempre había sido así, ¿de qué le extraña? Solo había sentido, durante apenas unos segundos, que estaba valiendo la pena empezar a quererse, pero que manía la suya de hacerlo siempre que aparece alguien a quererla, como si ella no pudiera. Pero será eso, que no puede. Que siente que ya no puede sola. Y vuelves tú, recordando que no vas a irte, que nunca la darás por perdida... al menos no del todo.

Prometes, sin prometer, que cualquier cosa ahí a su lado, como si estuvieras sentado a su vera, te vale la pena. Más que cualquier otra cosa que puedas siquiera alcanzar. Y a veces, le da por preguntarse si eso será siempre así.

Y llega otro mensaje. Y no puede dudar de ti.

Y lo que tú no sabes es que no tiene miedo a dudar de ti. Le da miedo dudar de sí y sentir que siempre habrá alguien mejor que pueda recibir el mensaje -que hasta ahora es solo suyo- y que sea entonces cuando dejen de llegar. Y le da miedo sentir que va a quedarse ahí, sentada, mirando como llueve aunque no solo hace eso. A veces mira como pasa la vida y le acojona que pase sin ella. Que el tiempo se pare y ella no haga más que quedarse en ese punto de no retorno en el que sigue con el corazón roto.

Parpadea un par de veces para que el mundo no la vea llorar, pero siente que hay trizas que no encuentra y que te quiere dar. Y cierra los ojos apoyando la cabeza en el cristal para así notar el frío y solo tener una excusa más para buscarte y la abraces.

Que vengas y no vuelvas.
A irte.

Que seas de los que se queda sin tener que mirar atrás porque justo ahí, al lado abrazándote tienes a lo único que necesitas. Y llega otro mensaje y vuelta a sonreír. Y sí, puede que sí, que últimamente esté dejándose caer.

Dejándose caer,
pero últimamente
más,
en ti.

-Ann.


dimecres, 31 d’agost del 2016

¿Y si lo hago?

Me acojona querer, en todos los sentidos. Porque para mí, querer significa más. Querer significa dar, con los ojos cerrados, -a alguien- una parte de ti a la que estás dispuesta no volver a ver más. Significa dejarse caer sabiendo que, en algún punto de la caída, alguien te cogerá. Significa cerrar los ojos y dejarse llevar sin miedo a lo que vendrá y qué quieres que te diga; me acojona sentir que estoy en ese punto de no retorno, saber que he caído y que no hay quién me traiga de vuelta.

Recuerdo que una vez hubo alguien, a quién quise mucho, que me dijo que hay cosas que no puedes decidir, que hay cosas que quieras o no, vas a sentir. Que no importa cuantas fuerzas ni mucho menos cuantas ganas pongas en no querer algo o a alguien, que sucederá. Y joder, me lo dijo la misma persona por la que acabé arriesgándome sabiendo que estaba cogiendo un tren y que la siguiente, tenía que ser mi parada. Creo que la mayoría de las veces lo que nos pasa es que queremos algo que no podemos -siquiera- alcanzar. Y es así, sucede sin más. Y cuando eso pasa te prometes que no volverás a ser esa misma tonta que a la nada ya da todo de sí. Prometes pasar página, con tal rapidez que nadie será capaz de verla, y seguirás. Lo que no nos contaban nunca es que la mayoría de veces que pasamos página, encontramos al recuerdo que queremos olvidar, en la siguiente. Y en la siguiente y así hasta que acabas el libro odiando que tenga final. Y vuelves a empezar, prometiéndote -de nuevo- que no habrá ninguna persona por la que volver a caer ni ninguna que se merezca recordar. Al menos ese es el plan, lo que pasa es que a veces, de la nada, aparece alguien que te hace creer en algo... ya no digo en ti -que para eso, ya estoy yo- sino... no sé cómo explicarlo, pero aparece alguien que te hace creer que hay algo bueno que está por llegar. Empiezan las sonrisas inocentes, las charlas hasta las tantas, las risas porque sí, las ganas de abrazar, las ganas de saber qué es lo que nos vendrá. Y das todo de ti, otra vez. La única diferencia es que ésta vez tienes que encontrar la forma de reconstruirte o dejar que lo hagan por ti. Es entonces cuando te das cuenta de que, has dado tanto de ti, tantas pequeñas partes de ti, que ya casi ni quedas. Y duele tanto ver cómo encuentras alguien que quiere cuidar de ti que te fastidia ver que otros, en su momento, acabaron contigo de tal forma que ya no tienes nada bueno que ofrecer. Ya no tienes nada a lo que alguien pueda aferrarse a amar. ¿Tú sabes lo que duele querer dar lo mejor de ti a alguien que está dando lo mejor de sí? Pero todavía peor, querer dárselo y ni encontrarlo. ¿Cómo coño hago que todo esto sea justo? ¿Cómo querer a alguien que no va a encontrar nada a lo que querer? Y peor aún, si lo hace, el tiempo le dará razones para dejar de aferrarse.

Y es en ese instante en el que siempre me prometo que debo dejar de sentir, de ser, de padecer, pero entonces llegas tú, haciéndote querer. Y se me olvidan los motivos por los que debería dejar de intentarlo. Y cómo no, llegas haciéndome sonreír y haciéndome creer que todavía -aquí dentro- hay ganas de sentir. Y ojalá, solo espero que encuentres aquí dentro suficientes motivos por los que quedarte. Que encuentres algo por lo que valga la pena escribir otro de esos capítulos tan tuyos, otra página -sin borrones ni tachones- o quizás alguno, pero que nos haga más fuertes y sobre todo que nos quiten los miedos a la hora de amar. Y todavía mejor, ojalá nunca dejes de escribirme y hacerme existir en tus letras porque, al menos, si algún día desaparezco, la historia en tus letras sabrán que alguien como yo, existió. Y mejor aún, que nos quisimos. Sí, joder, de esa forma en la que solo tú y yo sabemos querernos. Aún a riesgo de perdernos, que le jodan a todo, porque ya sabremos cómo encontrarnos.

Así que, si estás leyendo esto, quiere, pero quiere de verdad. Porque querer significa dar todo de ti, dejarte llevar y no tener miedo a caer sabiendo que a cualquier altura, hay alguien que te alcanzará. Y no temas a pensar en la cantidad de veces que todo podría salir mal, ni en cómo te destrozaron, ni en cómo acabaron contigo porque ahí dentro, por pequeño que sea, sigues siendo tú. Y eso, eso es suficiente motivo por el que amar. No temas a nada, no te quedes con el "¿y si hubiera...?" pudiendo quedarte con el "¿y si lo hago?".

-Ann.

dimarts, 28 de juny del 2016

Ya no sabía ni quién era.

"Se reía como si no hubiese nada que le doliera, siempre echaba la cabeza hacia detrás -despeinándose- y se tapaba la sonrisa con una de sus manos dejando entrever entre sus delicados dedos, esos hoyuelos que cuando aparecían no parecía que fueran a desaparecer. Parecían dos pozos sin fin. 

Era de ese tipo de persona que te miraba con ese brillo en la mirada, como si lo que le estuvieras contando fuese lo más alucinante que ha oído en su vida. Ella se apartaba constantemente el pelo de la cara para que no hubiese ninguna barrera entre tú y ella y, aunque al principio eso podía ponerte de los nervios, ver que solo necesitaba mirarte para hacerte sentir como en casa era la mejor sensación del mundo. La mejor de las sensaciones si hablamos también de cuando te sonreía, sin venir a cuento; la sonrisa para reconfortarte en un momento duro, la de después de haber reído sin poder parar, esa sonrisa que solo dedicas a una persona que quieres de verdad, la sonrisa divertida por cualquier broma de las suyas, la sonrisa que usaba cuando alguien le daba una mala noticia, incluso esa era bonita. En esa última, si te fijabas mucho o si la conocías podías ver como su labio inferior luchaba contra la batalla de echarse a llorar pero nunca, nunca se dejaba vencer. 
Era ese tipo de persona que no necesitaba decir mucho para querer saber de ella, que no necesitaba ser el centro de atención ni ponerse el mejor vestido para destacar entre la gente; era ese tipo de chica que ya lo hacía por si sola, que no necesitaba nada más, solo ser ella en un mundo en el que por lo visto; estaría mejor visto que fueras como todo el mundo es. Ella era capaz de darse cuenta de si las cosas iban o no mal, parecía tener un sexto sentido para saber si algo iba a salir o no bien, se daba incluso cuenta de esos pequeños detalles que pasaban desapercibidos ante la gente. Y eso, ver que aparecía de la nada abrazándote sin saber por qué lo hacía pero acabar dándote cuenta de que incluso de lejos, ha sido capaz de ver en ti algo que no va bien cuando ni tú has sido capaz de decir nada solo por miedo. Siempre había sido de esas que siempre acaban mirando primero por la gente y luego ya si eso, con tiempo, trataba de cuidarse a ella -aunque a penas lo hacía-. 

Era sincera a más no poder, pero siempre te lo decía de tal forma; como si prefiriese hacerse daño a ella misma antes que romper a cualquier persona. Y no le importaba que una persona le rompiera, incluso se quedaba entonces y no porque se lo hubiese prometido a la persona, sino porque siempre se lo prometía a ella. Y eso, ese tipo de promesas, nunca las rompía, aunque a ella ya la hubiesen roto. 

Ella...era de esas personas que quieres mantener cerca porque sientes que las cosas son más bonitas, cómo que dentro de todo lo malo, ella te encontraba algo bueno, sobre todo cuando tú ni eras capaz de verlo. 

Y digo era porque con el tiempo, por culpa de las personas, por culpa de la vida.. hay cosas que cambian. Y, joder, no debería de ser así. No, joder. Y digo joder para hablar con fuerza y para que se note lo mucho que me fastidia que por culpa de todas esas mierdas, alguien pueda cambiar. Pasó de ser todo eso a ser esa chica que se tapaba los labios no cuando sonreía, no, se los tapaba para que no se les viera temblar cuando quería llorar. La gente la miraba a los ojos y no distinguían nada, no eran capaces de darse cuenta de si reía o si lloraba y, joder, ella hasta ahora siempre había sido capaz de todo por todos. Había pasado a ser la que ya no se apartaba el pelo para mirarte sino que lo dejaba ahí, como barrera para que no la descubrieras. De hecho se había vuelto incapaz de mirarte a los ojos más de cinco segundos por miedo a que vieras su desastre. Había pasado de hacerte reír con sus estupideces a casi ni notarla, solo por no cagarla. A veces se sentía hasta invisible; ni quién se supone que más la quería, la veía. Había pasado de reír por todo a no encontrar motivos por los que hacerlo así que supongo que ninguna de sus sonrisas era mi favorita porque ya ni las tenía.  que era mirarla y ya ni te encontrabas; eso que hasta ahora podías haber sentido como si fuera tu casa había cambiado; la mirabas y no solo no la encontrabas, ni tú te encontrabas.

Había empezado a callarse las verdades para no meter la pata como siempre porque si lo hacía, sentía que estaba decepcionando a alguien, qué estupidez. Le habían hecho creer eso hasta el punto de sentir que no podía decir o hacer nada porque todo iba a estar mal, parecía una persona que no podía pensar por si misma cuando dentro de su cabecita, había un mundo por descubrir que yo había tenido la suerte de ver. Parecía una puta muñeca de trapo que no tenía nada claro en la vida y que se dejaba mover por la gente solo para encajar. Solo por miedo, el puto miedo como siempre; la de veces que la había jodido ya.

Lo que no había cambiado es que seguía siendo esa persona que se daba cuenta de las cosas, de los pequeños detalles...de todo, en eso seguía siendo la misma pero dejó de valorarlos porque sentía que no valía la pena hacerlo, si la gente no la valoraba en ese sentido, ¿por qué debía ella hacerlo por los demás? Aprendió que no merecía la pena eso, eso ni tampoco ella; se había vuelto tan destructiva, como si realmente no se quisiera. Y si la conocieras, si la mirases y supieras leerla te darías cuenta de que era ese el problema; que no se quería. Te dabas cuenta de ello de la misma forma que también lo hacías hace mucho tiempo, la diferencia es que antes era capaz de esconderlo y que ahora ya no podía porque la gente había acabado de romperla. Había aprendido que quién le rodeaba nunca iba a tenerla en cuenta, que iban a machacarla y que lo que ella dijera nunca iba a estar bien, nunca. Y por eso empezó a ser distinta; ya no reía, ni sonreía, ni te escuchaba cuando estabas mal por mucho que se diera cuenta, ¿para qué si luego para ella nunca estaba nadie? Ya no te reconfortaban sus miradas y ya casi ni te abrazaba y al principio no entendía por qué; pero comprendí que estaba harta de abrazar a personas rotas para reconfortarlas y que nadie le abrazase porque ella ya no podía más, era tan jodido. Había pasado de ser alguien que destacaba por ser ella a ser alguien...alguien que nadie veía. Alguien que ya no sabía ni quién era, ni lo que quería, que no sabía absolutamente nada. 

Y lo odiaba, odiaba que la gente que se supone que la quería la hubiese reducido a polvo y que estaba a tan solo un soplo para hacerla desaparecer. Odiaba que la persona de la que se había enamorado, hubiese acabado marchándose como en su día prometió que no lo haría, odiaba que las personas que le rodeasen hubiesen tenido tanto poder sobre ella cuando en su día se prometió a si misma que nunca, pero nunca nunca existiría alguien sobre la faz de la tierra que lograse cambiarla, que lograse cambiar su forma de ver el mundo y que le quitase las ganas de vivir tan intensamente como siempre hacía. Y como ya he dicho, esas promesas nunca las rompía pero ésta, ésta a día de hoy -aún sintiendo que está en la mierda, aún sintiendo que se asfixia y necesita desaparecer- aún así, no es capaz de cumplirla. Y eso lo sé, lo sé no porque la conozca sino porque esa chica que ya no sabe ni quién es, es la misma que está escribiendo estas palabras intentando encontrarse y prometiéndose que sino es hoy el día en el que vuelve a ser ella, que si no es hoy el día en el que se quiere, en que si no es hoy el día en el que manda a todos y a todo a la mierda, que si no es hoy, me prometo que será mañana."

-Ann.

dimecres, 13 d’abril del 2016

Y dolerá, sé que lo hará.


Al principio pensé que no importaba, ¿sabes? Que sería una más de todas esas personas que se fueron. Que dolería pero que sobreviviría, como había hecho hasta ahora. Pensé que no le buscaría en cada rincón ni pondría cualquier excusa para terminar hablando de él pero aún escuchando su nombre sin ser él; pensaba en él. 

Sentí que había llegado el momento que tanto habíamos temido; o que yo tanto había temido. Perder. Porque hay veces que al hacerlo, no se gana y ésta era una de esas veces. Perdí la oportunidad de decirle al mundo que te quería. Perdí la oportunidad de volver a abrazarte aún sabiendo que llegaría esa última vez a la que tanto pánico le tenía. Perdí la oportunidad de poder mirarte a los ojos y perderme en ellos aún sabiendo que ahí, contigo; podía encontrarme. Perdí... no sé; creía que no me dolería, de verdad que quería creerlo pero pasaban los días y comprendí que era ese tipo de persona que llegaba a tu vida y que si se iba; nunca la dejarías ir del todo. Es como un querer y no poder; quieres pasar página, deshacerte del recuerdo y dejar ir ese dolor tan grande que ha dejado en ti pero no puedes, y no puedes porque sabes que al fin y al cabo eso es lo único que te acaba uniendo a él. El dolor. 

El dolor me hace sentir, sin más, sentir que estuviste, que fuiste pero sobre todo, que fui. 

Perderte, al principio significo también perderme. Habías pasado de no ser nadie en mi vida a sentir que podías serlo casi todo y fue verte marchar y no saber qué sería de mi vida sin ti. Es patético; yo lo soy. O al menos sentía que lo era por creer así, por pensar un mísero segundo que necesitaba a alguien, que te necesitaba a ti para ser quién era. Y eso no es así, yo ya era yo antes de ti pero el sentir que valía la pena quererme, vino contigo. No me había querido una mierda, nunca. Ni pensaba hacerlo, ¿sabes? ¿Para qué? Nunca había sido capaz de ver una sola cosa buena en mi pero entonces venías tú, así sin más, y no lo sabes pero querías tan bonito que incluso yo sentía que lo era.

Perderte, al principio significó perderme pero también significó que debía ser fuerte, que no valían los "no puedo" o "no quiero". Que no valían los "no estoy bien", que no valía la pena llorar, que no debía dejar de creer en el amor, que no debía dejar perderme del todo. Que no debía rendirme aunque ganas no me faltasen. Perderte significó tener que volver a lo que era mi vida antes de ti, hostia, eras tan bueno en hacerme olvidar absolutamente todo que ya ni recordaba como era. Quería volver pero no podía. Otra vez el querer y no poder. Vivo en él constantemente. Querer olvidarte y no poder; eras tan jodidamente bueno en hacerme olvidarlo todo que se te olvidó enseñarme a aprender a vivir sin ti, se te olvidó decirme que no ibas a quedarte, que querer no siempre era suficiente, que debías marcharte y dejarme. Se te olvidó cómo recordarme mientras yo me paso los días intentando olvidarte. Y dolerá, sé que lo hará. Como duelen las cosas que importan pero no me da miedo tener que hacerlo, al menos sé que el dolor no me dejará tan fácilmente como tú, amor, me lograste dejar.

-Ann.